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Amarga Navidad, pero dulce debate

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • hace 10 horas
  • 7 Min. de lectura

Madrid, Comunidad de Madrid

Texto: Ángela Bellón

Fotografía: Marta García Antón
Fotografía: Marta García Antón

Hace algo más de una semana desde el estreno de Amarga Navidad, la vigésimo cuarta película de Pedro Almodóvar —que se dice pronto—, y mentiría si dijera que no ha vuelto a mi cabeza de forma casi constante desde que la he visto. Hay películas que se quedan en la sala y esta, en cambio, se quedó conmigo. Justo hablaba de eso yendo al cine a verla por segunda vez con mi amiga Marta: ¿es acaso una película buena de verdad si en cuanto termina la has almacenado en algún rincón al fondo de tu cabeza? Ambas coincidíamos en que no. Y con mi segundo visionado, lejos de disiparse ese runrún en mi cabeza, la sensación se hizo más nítida. 


El estreno ha servido, una vez más, para reavivar una polémica que empieza a resultar soporífera: ese supuesto enfrentamiento entre el cine de Almodóvar y el de Santiago Segura. Y es que, por si faltaba alguien por enterarse, la nueva entrega de Torrente aglutina millones en taquilla con una facilidad que resulta hasta pasmosa y parece que Amarga Navidad ha sido el único rival a la altura que lo ha hecho bajar del primer puesto en venta de entradas esta semana. Compararlos carece de sentido (y alabado sea Dios). Son productos radicalmente distintos, con lenguajes, ambiciones y públicos que no se cruzan (de nuevo, gracias). Que una arrase más en taquilla que la otra no significa nada más que eso: que lleva a más gente al cine. Punto. Ni es un termómetro de calidad, ni debería serlo.  Convertir eso en un juicio de valor dice más del espectador que de las películas. Mi opinión al respecto —sobre qué tipo de cine se premia, se consume o se protege— daría, sin duda, para otro artículo. Pero sí confieso cierto cansancio ante la facilidad con la que se cuestiona o se martiriza a Almodóvar, cuando hablamos, nos guste más o menos, de uno de los cineastas españoles más relevantes y reconocidos a nivel internacional.


Como no podría ser de otra manera, Amarga Navidad ha vuelto a convertirse en una excusa para cargar contra el cine español en bloque. Y es que tal y como veníamos diciendo, si algo ha provocado es ruido. Un ruido familiar, casi cíclico: el de quienes aprovechan cada estreno para cuestionar no solo al director, sino al cine español en su conjunto. Esa vieja inercia de valorar más lo que viene de fuera que lo que se produce dentro. Pero, como bien digo, ese es otro debate.


Sin embargo, cuando uno deja de lado ese ruido, lo que aparece es una película mucho más interesante de lo que cierta conversación superficial permite ver. Porque lo que hace Almodóvar aquí no es otra cosa que volver a sí mismo, pero desde un lugar distinto: más consciente, más irónico, incluso más libre. Hay en Amarga Navidad una mordacidad que parecía diluida en Julieta o Madres paralelas, y que aquí reaparece con una claridad incómoda.


Esa autoconsciencia atraviesa toda la película a través de un juego de espejos que, sobre el papel, roza lo inabarcable. Y es que tenemos a  un director de cine interpretado por Leonardo Sbaraglia que escribe una película cuya protagonista, Elsa (Bárbara Lennie), una directora de cine frustrada, escribe a su vez otro guion. Podría ser un artificio excesivo, incluso gratuito. Pero no lo es. Porque Almodóvar consigue algo difícil: que la complejidad no pese, que el enredo no confunda y que todo fluya con una naturalidad que desarma.


Es ahí donde entra en juego la metaficción, uno de los elementos más discutidos. Hay quien la interpreta como un gesto narcisista, casi como un autorretrato fruto de la soberbia o un ego desbordante. Pero reducirlo a eso es quedarse en la superficie. Lo que hay es una apropiación consciente de la crítica. Almodóvar no huye de lo que se dice de él —que se repite, que exagera, que está anclado en sus obsesiones, en sus temáticas—, sino que lo incorpora, lo exagera aún más, y lo devuelve convertido en relato. No es ego, es lucidez.


Hay, además, una línea especialmente sugerente que atraviesa la película y que tiene que ver con esa sensación de que Almodóvar reflexiona, de forma más o menos explícita, sobre hasta qué punto ha estado “vampirizando” las vidas de quienes le rodean para alimentar su obra. No como reproche, sino como una toma de conciencia casi inevitable en alguien que ha construido su universo a partir de lo íntimo. Y eso remite a una idea que leí hace tiempo —creo que en Twitter—: que los artistas, en el fondo, son esclavos de aquello que viven. Quizá por eso hay algo profundamente orgánico en Amarga Navidad, algo que trasciende el artificio y conecta con lo emocional desde un lugar muy honesto. Supongo que cuando la materia prima es la propia experiencia —o la de quienes orbitan alrededor—, la creación deja de ser solo un ejercicio estético para convertirse en una forma de procesar, de entender, incluso de sobrevivir.


Fotograma de Amarga Navidad (El Deseo)
Fotograma de Amarga Navidad (El Deseo)

Sin embargo, la película no se sostiene solo en ese juego formal. Donde realmente encuentra su fuerza es en algo mucho más íntimo: en las distintas formas de habitar la ausencia. El duelo, en realidad, no es un territorio nuevo en el cine de Almodóvar. Lleva años atravesando su filmografía, adoptando distintas formas y matices según la historia: desde la pérdida íntima y contenida de Julieta hasta el dolor atravesado por lo político y lo colectivo en Madres paralelas.


Lo interesante en Amarga Navidad no es tanto que vuelva a ese tema, sino el prisma con el que lo revisita. Aquí el duelo no se presenta como un proceso que avanza hacia una resolución, sino como un estado en el que uno puede quedarse atrapado, deformado por el tiempo y por las propias estrategias para sobrevivirlo. Más que evolucionar, el dolor se desplaza, se esconde, se transforma. Y en ese tratamiento hay algo profundamente coherente con el universo de Almodóvar: la idea de que las heridas no desaparecen, simplemente aprenden a convivir con quien las carga.


El duelo no aparece como un proceso lineal ni ordenado, sino como un territorio caótico en el que cada personaje se mueve como puede (al igual que en la vida misma, supongo). Hay quien lidia con la ausencia de quien más quiere refugiándose en la voz rota de Chavela Vargas, intentando salvar a una amiga que está atrapada en un matrimonio abominable o quien opta por volcarse en el trabajo hasta el agotamiento. No hay una única forma de atravesarlo y la película lo entiende.


En ese recorrido, hay momentos que se quedan suspendidos. Hay algo especialmente punzante en la escena en la que el personaje de Milena Smit se pregunta cuánto dura el duelo puesto que ella sigue atrapada en el día que eso sucedió. No es solo la pregunta en sí, sino desde dónde está formulada: no hay en ella una búsqueda de consuelo ni de respuestas, sino una constatación casi desesperada de estar detenida en el tiempo. Cuando reconoce que sigue atrapada en el día en que sucedió todo, la película deja de hablar del duelo como proceso y empieza a entenderlo como un estado. Uno que no avanza, que no se ordena, que no responde a ninguna lógica narrativa. Y ahí es donde la escena cobra una dimensión mucho más incómoda. Nos plantea algo mucho más difícil de asumir, que es la posibilidad de que no haya un “después”, que, en realidad, lo que llamamos seguir adelante no sea más que aprender a convivir con esa presencia (de la ausencia) a la que, de una forma u otra, siempre regresamos… 


Fotograma de Amarga Navidad (El Deseo)
Fotograma de Amarga Navidad (El Deseo)

Supongo que un poco de esa misma lógica atraviesa el final, que ha generado no poca discusión. Hay quien lo considera insuficiente, como si la película nos dejase a medias, con un guión a medio construir. Y creo que justo ese es su punto.


Y es que, en esa última escena, el personaje de Aitana Sánchez-Gijón parece formular aquello que lleva tiempo rondando en la cabeza del espectador: que el guión es mediocre y ni siquiera tiene un cierre.  El manchego sin comerlo ni beberlo y a través de una de nuestras ganadoras del Goya de honor más reciente procede a diseccionar y hundir su propia historia, coma por coma, punto a punto. Y, sin embargo, creo que en eso mismo reside su fuerza. Porque la vida no se cierra en falso. Porque las historias no terminan cuando uno quiere, sino cuando pueden. La vida sigue, y con ella ese guion que continúa tomando forma, incluso fuera de la pantalla.


Fotograma de Amarga Navidad (El Deseo)
Fotograma de Amarga Navidad (El Deseo)

Y es en esa secuencia en la que el mismísimo Almodóvar parece decirnos (¿o bromea?) que Amarga Navidad funciona como una obra menor dentro de su propio universo. Pero lejos de restarle valor, esa consciencia interna convierte a la película en algo especialmente fascinante: un territorio de transición, de experimentación… Y a mí, personalmente, solo me ha alimentado la pregunta de “¿Y qué vendrá después?”. 


Me ha dado tranquilidad (y ternura, por qué no decirlo) que nuestro director más emblemático diga que esta no es su última película, que aún le quedan muchas historias que contar... Quizás, Amarga Navidad no busque gustar ni convencer en un sentido tradicional. No ofrece respuestas claras ni cierres a la altura. Pero precisamente por eso permanece. Porque no se agota y porque, de alguna manera, sigue escribiéndose incluso después de haber terminado. 


Y, volviendo a aquella conversación con Marta camino del cine, creo que la respuesta estaba ya ahí, aunque no lo supiéramos del todo: hay películas que se olvidan en cuanto se encienden las luces y otras que, sin pedir permiso, permanecen. Y, pasado el tiempo, la única certeza que tengo es esta. Supongo que hay películas que se ven y otras que se quedan. Esta no me ha parecido perfecta, pero tampoco ha sabido irse (y de hecho sigue habitando mis conversaciones). Y en ese quedarse —silencioso, incómodo, persistente— hay algo que, al menos para mí, termina pesando más que cualquier puntuación.


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