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Irene Escolar lidera un viaje incómodo y brillante por la adicción en Personas, lugares y cosas

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • 16 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Madrid, Comunidad de Madrid

Irene Escolar en plena función. Fuente: Teatro Español
Irene Escolar en plena función. Fuente: Teatro Español

Texto: Ángela Bellón


Hay obras que no se limitan a contar una historia, sino que proponen una experiencia. Personas, lugares y cosas pertenece a esa categoría: un viaje escénico intenso, incómodo y profundamente contemporáneo que interpela al espectador desde el primer momento, pero que necesita tiempo para desplegar todas sus capas. Lejos de ofrecer una mirada complaciente sobre la adicción, la obra se adentra en sus zonas más ambiguas, conectándola con cuestiones tan universales como el deseo de huir, la identidad, el trauma generacional y la imposibilidad —a veces— de encajar en el mundo.


En este recorrido, Irene Escolar se erige como el centro indiscutible de la función y su principal motor emocional. Pletórica de principio a fin, no solo sostiene el peso dramático del texto, sino que la puesta en escena nos obliga a mirar el mundo desde su punto de vista: vemos, sentimos y nos desorientamos con Emma. El espectador queda atrapado en su percepción fragmentada, en ese vaivén constante entre lucidez y negación que define la experiencia de la adicción.


La obra habla de huir, pero no de huir hacia ningún lugar concreto, sino de huir de una misma. Emma no busca tanto el placer como el silencio: apagar el ruido del mundo, de la autoexigencia, del trauma familiar que atraviesa su historia y que aparece como una herida mal cerrada. El pasado no se presenta como explicación cómoda ni como coartada, sino como un sedimento incómodo que condiciona sin determinar del todo.


 Fuente: Teatro Español
Fuente: Teatro Español

La droga funciona aquí como elemento transversal, lejos de una lectura moralista o excepcional. No se trata de “ellos” —los adictos— frente a “nosotros”. La obra insiste en que el consumo problemático nos atraviesa como sociedad: en la presión por rendir, en la necesidad de evasión, en la búsqueda desesperada de sentido. Emma recurre a las drogas porque quiere huir del mundo que la rodea, y llega a verbalizar una idea devastadora: no merece la pena la recuperación porque el mundo no merece la pena. Sin embargo, el texto evita caer en el determinismo. Emma puede reconocerse responsable de sus actos; desde su lugar de privilegio, elige —como en el teatro— entregarse por completo a aquello que hace, incluso cuando sabe que es destructivo.


Una de las ideas más brillantes de la obra es la comparación entre drogarse y conseguir un buen papel: ambas experiencias prometen plenitud, verdad, intensidad. Pero, como se sugiere con amarga ironía, es mucho más fácil conseguir lo primero que lo segundo. El teatro y la droga se reflejan así como dos formas de disolución del yo, una socialmente celebrada y la otra estigmatizada.


Desde el instante en que Emma se desploma en mitad de una función de La gaviota, comienza un viaje hacia el corazón del trauma y del deseo. La acción se desarrolla en una clínica de desintoxicación, un espacio ambiguo que oscila entre la contención terapéutica y la confusión mental. Allí, junto a otros pacientes y terapeutas, se construye un microcosmos que sirve para retratar a toda una generación: personas que buscan sentido en medio del ruido, el vacío y una autoexigencia feroz. En esa terapia grupal, vemos que la adicción no entiende de clases sociales, edades ni oficios


Pese a la seriedad del tema, el humor está muy presente. No como alivio superficial, sino como mecanismo de supervivencia. Las réplicas mordaces, los momentos de absurdo y la ironía constante impiden que la obra se hunda en el dramatismo, recordándonos que incluso en los contextos más oscuros hay espacio para la risa incómoda.


La función podrá verse en la Sala Principal del Teatro Español hasta el 11 de enero de 2026, a las 19:00 h, con una duración aproximada de 140 minutos, con pausa. Se trata de una obra muy completa que, pese a su extensión, no se hace pesada en ningún momento. El interludio de algo más de un cuarto de hora, ambientado con música en directo a cargo de un DJ, no rompe la ficción, sino que la intensifica: el público queda sumergido en una atmósfera casi de rave, prolongando la sensación de trance y desorientación.


Además de Irene Escolar, el reparto —Javier Ballesteros, Tomás del Estal, Brays Efe, Sonia Almarcha, Claudia Faci, Daniel Jumillas, Mónica Acevedo, Blanca Javaloy, Manuel Egozkue y Josefina Gorostiza— acompaña con solidez y matices un texto exigente. Mención especial merece Gorostiza, también responsable del movimiento escénico, que dota a la obra de una fisicidad coherente con su estado emocional.


Fuente: Teatro Español
Fuente: Teatro Español

En definitiva, Personas, lugares y cosas es un retrato crudo, inteligente y profundamente contemporáneo sobre la adicción, la identidad y el deseo de desaparecer. Una obra que no ofrece respuestas fáciles, pero sí una experiencia teatral intensa, incómoda y necesaria.


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