Entre estatuillas y algoritmos: el problema de los Grammys
- ESZNA
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Barcelona, Cataluña

Texto: Marina Vera
Por si no os habíais enterado todavía, los Grammys se celebraron el domingo pasado. Y como alguien que lleva viendo todas las galas religiosamente desde hace años, los viví con emoción, pero también con bastantes quejas. Porque, como todo el mundo, tenía mis favoritas –y aunque no se puede tener todo en esta vida– en este caso me gustaría, al menos, tener la razón.
Los Grammys están en decadencia, y cada año se nota más cómo se han convertido en una competición para ver quién se lleva más trofeos a casa y no un lugar para celebrar un arte tan inmenso como la música, que nos une a todos.
Todas recordamos actuaciones en concreto de alguna gala que vimos cuando éramos más pequeñas, o que incluso sin haberla presenciado en directo, es tan icónica que sigue resonando años después. Para mi, las actuaciones de artistas como Sabrina Carpenter, creando constantemente sets enteros, demostrando que sigue siendo una theater kid, al igual que Tyler, the Creator, pasarán a la historia, o como mínimo seguirán siendo un tema de conversación durante mucho tiempo.

Justin Bieber actuando en los Grammys. Fotografía: Christopher Polk
En el caso de Justin Bieber, su actuación fue emotiva aunque para algunos pudo resultar simple, en comparación con las actuaciones de artistas femeninas que constantemente tienen que reinventarse y superar los estándares para mantener su lugar en la industria. La vulnerabilidad que aportó fue algo distinto, y me gustó el mensaje. Sin embargo, no puedo evitar pensar en las diferentes reacciones que generaron su vestuario y el de Chappell Roan en la alfombra roja. Un vestido de Mugler que homenajeaba uno de los momentos más icónicos de la casa: vestidos con pezones perforados presentados en los años 90. Pezones falsos chicas. Básicamente, no había motivo para escandalizarse por ninguno de los dos outfits, pero solo uno de ellos se llevó las críticas de todos la noche del domingo. ¿Adivinamos por qué?
Una época donde se premia la viralidad
Y si hablamos de actuaciones, tenemos que mencionar la sección de nominados a la categoría de Best New Artist (Mejor Artista Nuevo). Todos competían por el mismo premio de siempre, pero cada vez se trata más de ver quién hace más ruido, no solo en redes sociales, y quién logra la puesta en escena más provocadora. Mientras que Lola Young daba una performance de su éxito Messy, sentada al piano y sorprendiendo a todo el mundo con su sencillez y fuerza vocal, Katseye bailaban al ritmo de su mega-hit Gnarly. No me malinterpretéis por esto, pero como persona que ha escuchado esta canción durante todo el año pasado, me veo en lugar de decir que aquí se refleja un problema mayor. Se está sacrificando talento y propuesta artística en favor de la viralidad y el posicionamiento en las listas de éxitos, sin importar la calidad del producto.

Se nota la diferencia entre los artistas que cuidan su arte por el amor a la música, y aquellos que se suben al tren de la viralidad de TikTok sin disfrutar realmente del proceso creativo. Es verdad que siempre se van a dividir entre vocalistas, cantautores y performers. Y por supuesto, hay margen de error en el arte, y todos los artistas tienen derecho a explorar géneros diferentes hasta encontrar su identidad. Es parte de la magia de hacer música. Pero no todo vale en esta industria.
Nunca voy a criticar cómo un artista ha conseguido llegar a lo más alto, pero sí lo que hace con su arte y lo que este refleja. Estamos rodeados de artistas manufacturados, moldeados y manejados por discográficas y mánager que priorizan la cantidad antes que la calidad y las visualizaciones antes que el verdadero talento de sus artistas. Y se les está premiando por ello.
También hubo muchos “perdedores” esa noche, pero algunos pesaron más que otros. Al fin y al cabo, ¿cómo vas a ignorar uno de los mejores álbumes pop de los últimos años, Man's Best Friend? También Bruno Mars rompió su racha de cinco años de victorias consecutivas, sorprendiendo a la audiencia. Y podríamos mencionar a muchos más artistas merecedores de una estatuilla, pero teniendo en cuenta que artistas como Björk, ABBA o Queen no tienen ni un solo Grammy, queda claro que la relevancia de estos premios no siempre refleja el verdadero impacto artístico.
Lo político del arte y los Grammys
En cuanto a nominaciones y ganadores, no todo fue negativo, eso está claro. Artistas con un gran impacto artístico y una larga carrera y dedicación detrás como Olivia Dean o Bad Bunny se llevaron sus merecidos trofeos a casa, no sin antes dar discursos emotivos sobre sus orígenes y una defensa abierta de los inmigrantes en mitad de una oleada de odio, racismo y xenofobia que se siente no solo en Estados Unidos, sino en muchas partes del mundo, incluído nuestro propio país. Esa tensión estuvo presente durante toda la gala como una nube gigante, y muchos artistas usaron su voz –y su momento de gloria– para intentar disiparla.

Porque al final, el arte siempre va a ser político. El arte siempre dialoga con el contexto social, y siempre va a actuar como una herramienta de resistencia. Y quizá sea el verdadero valor de noches como la de los Grammys: no solo las estatuillas, ni los récords, ni siquiera las actuaciones virales. Lo importante es cuando la música deja de ser entretenimiento (aunque siempre se agradece como tal) y se convierte en mensaje, memoria y movimiento.
Porque los premios pasan, las polémicas se olvidan y las tendencias cambian, pero las canciones que nacen desde la verdad, desde el amor por el arte, las que incomodan, unen y sobreviven en el tiempo, son las que realmente ganan. Siempre.



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