El arte no se muere. Lo estamos dejando atrás.
- ESZNA
- 29 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Barcelona, Cataluña

Texto: Marina Vera
¿Recordáis cuando de pequeños nos llevaban al cine y era la mejor experiencia del mundo? El olor a palomitas, los nervios por ver la película, los anuncios y las conversaciones antes de que se apagaran las luces, ver a tus actores favoritos en la pantalla y salir de allí inspirada y tan inmersa en la película que sentías que aún no habías vuelto al mundo real.
Muchas, o al menos nosotras, crecimos pensando que sería algo eterno, que las productoras explotarían cada vez más las experiencias cinematográficas. Llegaríamos a nuestra edad adulta y podríamos gastarnos nuestro trabajado dinero en ir a ver películas, conciertos u obras de teatro. El mundo cada día giraría más y más alrededor del arte. Spoiler: no ha pasado. Por desgracia, el arte en directo se está perdiendo lentamente. Y con él, el alma creativa que nos une a todos.
Hace unos días, la industria del cine nos regaló un último plot twist de este larguísimo 2025: Netflix ha cerrado un acuerdo de compra de Warner Bros. ¿Traducción rápida? Las salas de cine vuelven a temblar. Al fin y al cabo, el propio codirector ejecutivo de Netflix, Ted Sarandos, señaló en el pasado que no cree que la experiencia de ir al cine sea vital, porque considera que las películas pueden disfrutarse con la misma eficacia desde el sofá en casa. ¿El dinero que hizo el fenómeno Barbenheimer? Según él, habría sido el doble en streaming.

Pero seamos serias, la pequeña pantalla se queda demasiado diminuta para historias tan grandes e inspiradoras. El talento, el trabajo y la ambición de tantas cintas cinematográficas no cabe en un pequeño móvil con notificaciones a cada segundo o en una pantalla de un ordenador, donde podemos dar un simple click y olvidarnos de lo que estábamos viendo porque tal vez es demasiado “largo”.
Parece que nos dan de comer con esos estrenos que apenas duran cuatro días en la cartelera, pero lo único que nos están sirviendo es un plato vacío por la mentalidad de “bueno, ya lo veré en casa, el cine está muy caro”. Y sí, las entradas cada vez cuestan más, llámalo inflación o una estrategia de marketing para que normalicemos los precios aparentemente accesibles del streaming. ¿Es más cómodo? Puede. ¿Es lo mismo? Ni de lejos. Amiga, págate esa entrada, entra en la sala y vívelo al máximo.
Y no toda la culpa es de las productoras. También es nuestra. Nos hemos acostumbrado a consumir videos de menos de 30 segundos durante horas, normalizando un contenido rápido, ameno y olvidable. Algo que ya está comprobado que están explotando para que la muerte del arte se camufle detrás de excusas y la inmediatez de un mundo que ya no sabe esperar ni sostener algo en el tiempo.

Con la música en directo pasa algo parecido. A simple vista, todo va sobre ruedas: estadios llenos, entradas agotadas en minutos, giras infinitas. Pero déjame ser un poco hater por un momento. A riesgo de sonar un poco boomer atrapada en una nostalgia que no me corresponde, la experiencia ya no es la misma. Y ojo, me encanta la época en la que vivo, y no cambiaría esta era de pop girls liderando el mundo por nada. Pero muchas veces ya no vamos a disfrutar de la música: vamos a demostrar que estuvimos allí.
Ahora todo gira alrededor del “yo también fui”, del “yo lo vi en directo”. Competimos por acumular conciertos como si fueran logros mientras los precios se disparan y se nos cuelan artistas cuyo mayor mérito fue viralizar una canción en TikTok sin importarles el proceso artístico. El amor al arte queda en segundo plano; lo importante es el post y los números.
Las salas de conciertos pequeñas se vuelven aburridas, los conciertos sin fuegos artificiales decepcionan, ir a un estreno se vuelve un esfuerzo innecesario. Y en todo esto se está perdiendo algo clave: la sensación de unidad. Porque no solo es ir a ver una película, es ir con tu mejor amiga, comentarla después y debatir cuántas estrellas merece en Letterboxd y sentir que compartís algo más. No es solo ir a un concierto: es escuchar tu canción favorita junto a tus amigas, tu familia o simplemente gente que vibra igual que tú. No grabarlo entero para subirlo en Instagram y ya. Todo tiene un significado más grande que un pequeño like en redes sociales validando tus gustos y tu presencia.
Para que conste: yo también subo stories, videos y recuerdos. Me encanta ir a conciertos y me encanta la atención, no voy a fingir que no. Pero sé distinguir cuándo algo nace del verdadero amor al arte y cuándo es puro postureo. Siempre voy a elegir una experiencia nueva y real, un bocadillo de jamón carísimo en un Palau Sant Jordi o unas palomitas XXL en un Renoir Floridablanca, bien acompañada, antes que una diminuta pantalla en soledad. Así que no, no dejemos que muera el cine. Ni la música, ni el arte. Porque mientras lo sigamos eligiendo, todavía tenemos algo que decir.



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