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Eternity: un triángulo amoroso en el límite entre la vida y la eternidad

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • 5 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 29 dic 2025

Madrid, Comunidad de Madrid


Texto: Ángela Bellón


Fotograma de Eternity (A24)
Fotograma de Eternity (A24)

Con Eternity, su nueva película para A24, David Freyne vuelve a demostrar que es un cineasta profundamente sensible a lo emocional, pero también intrépido a la hora de reformular géneros. Tras Dating Amber, donde exploraba la identidad y la adolescencia con una calidez desbordante, da ahora un salto hacia la ciencia ficción romántica… o al menos hacia una forma muy singular de entenderla. Porque aunque la premisa parece, a simple vista, reconocible —¿qué pasa después de morir?, ¿cómo es el más allá?—, Freyne consigue revitalizar ese terreno tan transitado por el cine y la literatura. Aquí hay un limbo, sí, pero no es celestial ni terrorífico: es extrañamente burocrático, alocado, distópico, capitalista hasta lo absurdo. Una versión del más allá que nunca habíamos visto de forma tan original.


Y es que Eternity nos presenta un universo donde el capitalismo feroz ha colonizado incluso las eternidades. Las hay premium, económicas, infinitas, temáticas, personalizables. Como si el descanso eterno ofreciera un catálogo de experiencias post-mortem digno de una agencia de viajes interdimensional. Lo inquietante —y a la vez divertidísimo— es reconocer en este mundo un reflejo amplificado del nuestro. Un universo donde el deseo de acumular, mejorar, optimizar y consumir no se detiene ni con la muerte. La película lo presenta con un humor mordaz que roza el delirio, evocando por momentos un Wall Street etéreo donde las almas se convierten en clientes y las emociones en un producto regulado. Un terror suave, casi cómico, derivado del mundo que hemos construido.


En medio de esta vorágine aparece Joan, interpretada por una pletórica Elisabeth Olsen. Su presencia —cálida, luminosa, absolutamente magnética— vertebra el corazón emocional del filme. Joan es la mujer cuya muerte inesperada une a dos hombres que, en vida, apenas compartían nada: Larry (Miles Teller), más introvertido, cotidiano y terrenal; y Luke (Callum Turner), impulsivo, encantador, chispeante. Dos existencias independientes que acaban conectadas por el amor hacia la misma mujer. Y no desde un típico triángulo amoroso en vida, sino desde una especie de sala de espera cósmica donde ambos deben tomar decisiones sobre su eternidad… y sobre Joan.


Fotograma de Eternity (A24)
Fotograma de Eternity (A24)

Olsen no solo encarna el nexo narrativo, sino también la fuerza emocional que empuja a los protagonistas hacia su dilema final. Teller aporta una vulnerabilidad hermosa, casi silenciosa, que contrasta con la energía vibrante de Turner. Juntos componen un tándem lleno de matices que hace que la historia crezca, se complejice y resulte sorprendentemente íntima pese al envoltorio fantástico. Freyne se apoya en ellos para construir algo muy poco habitual: un drama romántico que respira como una romcom sin perder densidad emocional.


Fotograma de Eternity (A24)
Fotograma de Eternity (A24)

Porque sí: ¡ha vuelto vuelto la comedia a los dramas románticos!. Y lo hace con una fuerza que se agradece. Desde el primer minuto, Eternity apuesta por un humor constante, juguetón, casi irreverente. No teme lo absurdo, pero tampoco trivializa el dolor. Se ríe del más allá sin despreciarlo, se ríe del amor sin despojarlo de importancia. Y en gran parte, esto se debe a los Coordinadores del Más Allá: un grupo de empleados espirituales encargados de guiar a las almas en su llegada al limbo-burocracia. Son ellos quienes sostienen gran parte del peso cómico del filme, especialmente Da’Vine Joy Randolph, que vuelve a brillar con un timing envidiable. Sus intervenciones funcionan como pequeños estallidos de humor, como recordatorios de que incluso en lo eterno hay espacio para el chascarrillo, la ironía y el alivio.


Fotograma de Eternity (A24)
Fotograma de Eternity (A24)

El mundo distópico que Freyne construye está lleno de color, detalles y contradicciones. A24 deja su sello en cada encuadre: luz suave, atmósferas íntimas, estética cuidada sin perder frescura. La fotografía capta tanto lo ridículo como lo emocionante, alternando espacios impersonales con rincones cargados de nostalgia. La banda sonora, por su parte, envuelve la película sin imponerse, acompañando con delicadeza la montaña rusa emocional por la que pasan los personajes. Funciona como un hilo invisible que conecta el humor con la melancolía, el delirio con la ternura.


Pero más allá del artificio visual o del ingenio conceptual, Eternity funciona por su pregunta central: la elección definitiva. Una decisión sin segunda oportunidad, sin marcha atrás, sin páginas para reescribir. ¿Qué es lo que más pesa al final? ¿Un amor fogoso, chispeante, arrebatador? ¿O aquel basado en lo corriente, lo cotidiano, en los días compartidos sin grandes fuegos artificiales? La película no pretende reflexionar sobre la trascendencia de nuestras vidas ni plantear una tesis sobre la fe o la existencia de un alma eterna. Freyne huye deliberadamente de esa solemnidad. Le interesan, más bien, los matices de lo humano: cuando amar significa dejar ir, cuando querer implica priorizar la felicidad del otro, cuando estar presente —incluso ausente— es el mayor acto de amor.


Fotograma de Eternity (A24)
Fotograma de Eternity (A24)

En ese sentido, Eternity no es una película sobre la vida después de la muerte, sino sobre lo que hacemos con lo que hemos vivido. Sobre la necesidad de seguir adelante y no anclarse al pasado. La película subraya esta idea con una delicadeza que sorprende, especialmente teniendo en cuenta la premisa tan fantástica. No te dejes engañar por su etiqueta de ciencia ficción o fantasía: las cuestiones que plantea son mucho más cercanas y reconocibles. Hablan de lo que somos, de lo que elegimos, de nuestras inseguridades, de nuestras ilusiones.


A medida que avanza, el filme revela que el verdadero conflicto no está en qué eternidad elegir, sino en qué tipo de amor queremos sostener… y a quién queremos a nuestro lado en ese cielo particular que todos construimos en nuestra imaginación. El capitalismo cósmico, los coordinadores bromistas, las eternidades delirantes y las distopías humorísticas no son más que el escenario. Lo esencial es el vínculo, lo humano, lo que permanece incluso cuando todo lo demás se disuelve.


En definitiva, Eternity es una romcom distópica que sorprende por su corazón, su humor y su enorme ternura. Una historia que recuerda que cada persona tiene su propio cielo, pero que lo realmente importante —lo que de verdad hace que ese cielo merezca la pena— es con quién decidimos habitarlo.




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