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Hamnet: cuando el dolor encuentra refugio en el arte

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • hace 17 horas
  • 3 Min. de lectura

Texto: Ángela Bellón

Madrid, Comunidad de Madrid

Fotograma de Hamnet (Universal Pictures)
Fotograma de Hamnet (Universal Pictures)

Al fin ha llegado a las salas españolas una de las grandes películas de la temporada. Hamnet no es solo una adaptación esperada, es una experiencia casi extrasensorial: resulta difícil encontrar a alguien que salga indemne de su visionado sin haberse removido en la butaca, aunque sea levemente.


Jessie Buckley firma una interpretación descomunal como Agnes, absolutamente merecedora del Oscar. Su personaje es magnético, contenido y profundamente humano. Buckley despliega un abanico emocional impresionante: desde ese hermetismo inicial, casi defensivo, que poco a poco se va resquebrajando en su relación con William, hasta el dolor más desgarrador al tener que enterrar a su hijo. Paul Mescal no se queda atrás y compone un Shakespeare íntimo y vulnerable, uno que sin duda quedará para los libros de historia del cine. Por eso, su ausencia entre los nominados ha resultado tan sorprendente como injusta.


Pese a su corta edad, el resto del elenco también brilla con luz propia. El pequeño Hamnet logra cautivarnos con su ternura, sus ojos llenos de curiosidad y su carácter risueño, haciendo que su muerte se convierta en una auténtica puñalada emocional. Cuanto más vivo y luminoso se nos presenta, más insoportable resulta su pérdida.


Fotograma de Hamnet (Universal Pictures)
Fotograma de Hamnet (Universal Pictures)

La película nos sitúa en los inicios de la relación entre Agnes y William, explorando las adversidades que tuvieron que enfrentar para poder estar juntos. No cuesta entender de dónde sacaría Shakespeare la inspiración para escribir una de las historias de amor más famosas de todos los tiempos: Romeo y Julieta. Contra la negativa inicial de sus familias y luchando contra viento y marea, consiguen permanecer unidos y formar una familia marcada por un amor profundo y sincero, del que nacen tres preciosos niños. Sin embargo, hay una sombra que lo atraviesa todo: la intuición casi sobrenatural de Agnes le advierte de que solo dos de ellos permanecerán con ella hasta el final de sus días. Y como en el mito de Orfeo y Eurídice, no se puede luchar contra el destino.


La cinta está envuelta en una neblina mística constante, generada en gran parte por el propio personaje de Agnes. Este tono evoca a la antigua Grecia, donde el destino pesa más que cualquier voluntad individual y de donde resulta imposible escapar. Todo parece escrito de antemano, aunque los personajes se resistan a aceptarlo.


Tras una elipsis temporal, la peste se lleva al pequeño Hamnet. Pero sería un error reducir Hamnet a la simple historia de una pérdida. La película es, ante todo, una reflexión sobre el poder transformador del arte: una vía de escape, un refugio, un espejo en el que mirarse cuando el dolor resulta insoportable. El arte como única forma de supervivencia emocional.


Aunque ambientada en el siglo XVI, la película resuena con una fuerza sorprendentemente contemporánea. La ausencia del padre por motivos laborales, la dificultad de convivir con esa distancia emocional y física, o el peso que supone para William pasar largas temporadas lejos de su familia son cuestiones que siguen siendo dolorosamente actuales.


Fotograma de Hamnet (Universal Pictures)
Fotograma de Hamnet (Universal Pictures)

Entre los detalles más hermosos y significativos, destaca que el actor que aparece en la escena final de la obra viste exactamente igual que Hamnet cuando pregunta a su madre cuál será su destino y ella le responde que estará en los escenarios, trabajando codo con codo con su padre. Además, el actor que interpreta en escena a Hamnet/Hamlet es, en la vida real, el hermano del niño que da vida a Hamnet, cerrando así un círculo emocional tan sutil como devastador.


El final es profundamente revelador: en el arte nadie muere, todo es eterno. Ahora, la madre ya no está sola en su duelo tras la muerte de su hijo; lo comparte con el mundo. Todo aquel que se detenga a ver Hamnet comparte su dolor con ella, convirtiéndose también en parte de ese proceso de sanación colectiva.


Como Orfeo y Eurídice, los personajes están predestinados. Las cosas suceden por una razón, aunque no siempre podamos comprenderla. Y a veces, una sola mirada puede cambiarlo todo. Por eso Agnes recurre a su ya emblemático “look at me” cuando el mundo parece desmoronarse: una búsqueda desesperada de calma, de anclaje, de amor. Porque mirar —y ser mirado— es, en Hamnet, una forma de de alivio y de consuelo.

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