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Un simple accidente: cuando el azar reabre las heridas de la violencia y la memoria

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • 20 ene
  • 5 Min. de lectura

Texto: Ángela Bellón

Madrid, Comunidad de Madrid

Fotograma de Un simple accidente (Bidibul Productions)
Fotograma de Un simple accidente (Bidibul Productions)

Un simple accidente, la más reciente obra de Jafar Panahi, no es solo una película: es una declaración moral, política y cinematográfica que se despliega con la aparente modestia de un gesto cotidiano y acaba revelándose como un abismo ético sin fondo. Panahi, realizador que ha plantado cara al régimen iraní durante décadas y que, esta vez, demuestra que no podría ser distinto, construye aquí un relato que se sostiene en la sencillez más absoluta de su historia, una sobriedad que paradójicamente la hace tan cautivadora.

El detonante que lo cambia todo llega en forma de preámbulo, un acontecimiento mínimo que altera el curso de varias vidas: un simple accidente, tal y como versa el título. Es entonces cuando vemos a una familia que, de regreso a casa, acaba con la vida de un perro tras atropellarlo en la más absoluta oscuridad de la noche. Aunque sea un suceso trivial e inintencionado es suficiente para mostrrarnos la vulnerabilidad del conductor (el padre de familia). 

La premisa parece casi anecdótica, incluso trivial, pero Panahi sabe que en el cine —como en la vida— los grandes dilemas morales no siempre nacen de gestos grandilocuentes, sino de pequeñas grietas en lo cotidiano.  Ese suceso inicial no solo funciona como punto de partida narrativo, sino como el mecanismo que provoca el reencuentro de los dos bloques antagónicos de la historia. Por un lado, Vahid, un humilde mecánico que lleva una vida discreta y silenciosa; por otro, Eghbal, el hombre que atropella a un perro en dicho accidente y que, en ese primer momento, se nos presenta como una figura frágil, casi al borde del colapso emocional. El cruce de caminos se efectúa en el taller donde trabaja Vahid, un espacio cotidiano, funcional, que Panahi convierte en un escenario cargado de memoria y tensión latente.

Fotograma de Un simple accidente (Bidibul Productions)
Fotograma de Un simple accidente (Bidibul Productions)

Ese inicio funciona como una pausa inicial, un momento de suspensión que abre la puerta a una sorprendente cadena de acontecimientos y decisiones cada vez más graves, hasta llegar a un punto de no retorno.


La premisa se revela entonces con toda su potencia: ese encuentro no es casual, ni inocente. El backstory que emerge lentamente es devastador. Eghbal no es solo un conductor desafortunado; fue el torturador de Vahid, un seguidor activo del régimen, un engranaje más de la maquinaria represiva que marcó su vida para siempre. Panahi dosifica esta información con precisión quirúrgica, permitiendo que el espectador experimente el mismo proceso de reconocimiento, duda y horror que el propio protagonista. Así, el accidente inicial deja de ser un simple evento fortuito para convertirse en el acto que reactiva un pasado que nunca terminó de cicatrizar.


Es este pasado común lo que lleva al mecánico a secuestrar a su antiguo torturador en busca de venganza. Desde este primer instante, la película se articula a partir de coincidencias. Nada parece completamente planificado, y sin embargo todo responde a una lógica interna implacable. Panahi utiliza estas coincidencias no como trampas narrativas, sino como reflejo de una sociedad en la que el azar puede convertirse en una condena o en una oportunidad de justicia —o venganza— según quién tenga el poder en ese momento.


A medida que avanzan los minutos de metraje, más personajes se unen a esta particular cruzada. Y esta tensión no alcanza su punto más inquietante hasta que descubrimos que todos esos personajes fueron torturados por el mismo hombre que, pocas secuencias antes, parecía estar a punto de colapsar por haber atropellado a un perro. En esa contradicción brutal reside la complejidad ética del filme: ¿puede alguien ser capaz de una crueldad extrema y, al mismo tiempo, mostrar fragilidad y culpa por un acto mucho más nimio? Panahi no ofrece respuestas claras, y probablemente, esa ambigüedad es una de sus mayores virtudes.


En este punto, la cinta plantea con fuerza la importancia de la comunidad. No se trata de héroes solitarios ni de villanos caricaturescos, sino de personas que deliberan, discuten y dudan en colectivo. Panahi parece decirnos que las decisiones morales más complejas no se toman en aislamiento, sino en diálogo con otros, incluso cuando esa conversación está lleno de contradicciones y tensiones. La comunidad se convierte tanto en refugio como en tribunal, en espacio de cuidado y de presión moral.


Fotograma de Un simple accidente (Bidibul Productions)
Fotograma de Un simple accidente (Bidibul Productions)

Así se planta la semilla de una historia de odio y venganza. Pero Un simple accidente no es un relato convencional sobre el desquite; es, más bien, una exploración incómoda sobre lo que sucede cuando las víctimas se enfrentan a la posibilidad real de devolver el daño recibido. El filme reúne a un grupo de personajes atrapados por una situación violenta y un dilema moral que los supera a título individual. Cada uno arrastra su propio pasado de dolor, y todos se ven obligados a decidir si cruzar o no una línea que, una vez traspasada, no admite vuelta atrás.


La crítica social y política atraviesa toda la película como un nervio expuesto. La corrupción a todos los niveles se presenta no como un sistema abstracto, sino como una red concreta de abusos que han marcado los cuerpos y las memorias de los personajes. La violencia existe como un hilo constante de nuestra sociedad, normalizada, invisible para algunos, devastadora para otros. Panahi no necesita mostrarla de forma explícita; basta con las cicatrices emocionales y los silencios cargados de significado para que su presencia resulte insoportable.


Uno de los mayores aciertos del filme es su capacidad para introducir situaciones cómicas fruto de la cotidianidad. Son momentos breves, casi furtivos, que alivian la tensión sin desactivarla. Estas escenas no buscan la risa fácil, sino que subrayan lo absurdo de la vida bajo sistemas opresivos: incluso en medio del trauma, lo banal se cuela, recordándonos la humanidad persistente de los personajes.


El dilema central se formula de manera devastadora en una de las ideas más potentes de la película: no somos lo que nos hacen. Quizás esta sea la gran moraleja de Un simple accidente. El sufrimiento por el que han pasado los protagonistas sigue siendo insuficiente para que ellos paguen con la misma moneda. Panahi no idealiza a sus personajes; los muestra tentados por la violencia, seducidos por la posibilidad de cerrar una herida a través del castigo. Pero también los muestra resistiéndose a convertirse en aquello que los destruyó.


El clímax no se construye a través de explosiones ni enfrentamientos físicos, sino mediante decisiones morales irreversibles. Cada elección pesa más que la anterior, y el espectador siente cómo el aire se vuelve más denso a medida que se acerca ese punto de no retorno. Cuando finalmente llega, Panahi opta por un cierre brillante, porque deja que el espectador rellene los huecos y lo interprete a su manera. No hay moraleja subrayada ni castigo ejemplarizante: solo consecuencias abiertas y preguntas que persisten más allá del último plano.


Que Jafar Panahi haya recibido la Palma de Oro a la mejor película en Cannes 2025 no es solo un reconocimiento artístico, sino también un gesto político. Un simple accidente confirma que el cine puede seguir siendo un espacio de resistencia, reflexión y humanidad incluso bajo las condiciones más adversas. En su aparente sencillez argumental, la película encierra una profundidad ética que incomoda y obliga a mirar de frente nuestras propias contradicciones.


Panahi nos recuerda que la violencia no se erradica replicándola, que la justicia no siempre coincide con la venganza y que, incluso en los contextos más oscuros, la elección de no convertirse en verdugo sigue siendo un acto radical. Un simple accidente es, en definitiva, una obra austera, valiente y profundamente humana, que demuestra que a veces basta un pequeño gesto para poner en evidencia todo un sistema.


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