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Cine español con denominación de origen: cuando lo local deja de ser pequeño

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • hace 5 días
  • 4 Min. de lectura

Madrid, Comunidad de Madrid

Texto: Ángela Bellón Rey


Fotograma de Sorda (Diferente films)
Fotograma de Sorda (Diferente films)

En los últimos años, algo se está moviendo —y mucho— en el cine español. Una corriente que, sin grandes aspavientos ni proclamas, ha ido ganando espacio en festivales, taquilla y conversación pública: un cine con denominación de origen. Un cine que mira a los márgenes del mapa, que se articula desde territorios concretos, con acento propio y, en muchos casos, en lenguas cooficiales. Y que, paradójicamente, cuanto más local parece, más universal resulta.


¿De dónde viene este fenómeno? ¿Es una decisión artística, política o puramente económica? Probablemente, de todo un poco. Aunque es innegable el peso de la cuestión financiera. Es lógico que cueste menos conseguir una localización de ensueño en un pequeño pueblo de Murcia que un casoplón en pleno Malasaña (por no hablar de las film comissions). Los presupuestos ajustados obligan a mirar hacia fuera de los grandes centros urbanos, a trabajar con lo que se tiene cerca. Pero también es cierto que el hambre agudiza el ingenio. Y en esa necesidad de optimizar recursos ha surgido una mirada más honesta, más pegada al terreno, menos impostada.


No estamos hablando de un fenómeno aislado ni anecdótico. Estamos hablando de un cine centrado en comunidades autónomas con, además, mucho bagaje cultural propio. Cataluña, País Vasco o Galicia se erigen hoy como grandes comunidades productoras de cine nacional. Han creado su propio ecosistema y cuentan con un tejido industrial sorprendentemente fortalecido: escuelas de cine, ayudas públicas autonómicas, televisiones propias, productoras consolidadas y una cantera de cineastas que ya no necesitan emigrar a Madrid para contar historias relevantes. Durante décadas, el cine español parecía tener un único centro neurálgico; ahora, el mapa se ha descentralizado.


Fotograma de As bestas  (Arcadia motion pictures)
Fotograma de As bestas  (Arcadia motion pictures)

Y lo mejor de todo es que ya no estamos ante un cine local en el sentido restrictivo del término. Es cine nacional, sin complejos. Casa en flames se convirtió el año pasado en una de las películas de la temporada. As bestas lo había sido en la edición anterior. Quizás hace una década era impensable ver triunfar una película rodada mayoritariamente en una lengua cooficial y ambientada en un entorno rural concreto. Hoy no solo es posible, sino deseable. El público ha perdido el miedo —si es que alguna vez lo tuvo— a los subtítulos y a las historias que no transcurren en grandes ciudades reconocibles.


El localismo, lejos de ser una barrera, aporta autenticidad. Aporta verdad. Incluso cierto misticismo para quien ve estas películas con ojos de extranjero. Estamos hablando de un cine de las pequeñas grandes historias. Historias que parten de la cotidianidad, de un espacio concreto, de una comunidad específica, pero que emanan universalidad por todos sus poros. Conflictos familiares, tensiones sociales, choques entre tradición y modernidad, heridas del pasado… todo ello filtrado por un paisaje, una lengua y una forma de estar en el mundo muy reconocible.


Además, este cine está abriéndose a todo tipo de espectadores: los de fuera y los de dentro. Para los de fuera, supone descubrir una España plural, compleja y profundamente diversa. Para los de dentro, implica algo igual de importante: la representación. De repente, hay personajes que hablan como hablamos nosotros, que viven donde vivimos nosotros, que se enfrentan a problemas que reconocemos como propios. Un cine que se articula en nuestra lengua materna. El cine nos sitúa en el mapa, literalmente. Y también contribuye a enriquecer nuestro cine de puertas para fuera. Porque España es mucho más que Madrid y que las grandes comedias taquilleras que tradicionalmente han monopolizado la idea de “cine español”.


Fotograma de Akelarre (Sorgin films)
Fotograma de Akelarre (Sorgin films)

Ahora bien, no todo son virtudes. Quizás uno de los problemas a largo plazo sea la estereotipización de este tipo de cine. El riesgo de que se creen etiquetas cerradas: “cine gallego”, “cine vasco”, “cine catalán”, asociadas siempre a ciertos temas, tonos o estéticas. El peligro de que el mercado —y también los festivales— esperen siempre lo mismo de cada territorio: lo rural, lo oscuro, lo identitario, lo áspero. Cuando eso ocurre, lo que empezó como una liberación creativa puede convertirse en una nueva jaula.


Y aquí se abre otra pregunta que daría, sin duda, para otro artículo entero: ¿estas comunidades dialogan entre sí o este nuevo paradigma está dando pie a la creación de auténticas islas audiovisuales? Ecosistemas muy potentes, sí, pero quizá demasiado endogámicos. ¿Se están cruzando miradas, equipos, relatos? ¿O cada territorio está construyendo su propio relato sin demasiado intercambio? La descentralización es necesaria y saludable, pero el diálogo lo es aún más.


En cualquier caso, el balance es claramente positivo. El cine español con denominación de origen ha demostrado que mirar hacia lo cercano no es un gesto de repliegue, sino de valentía. Que contar historias desde un lugar concreto no resta, sino que suma. Y que, a veces, para llegar lejos, lo mejor que se puede hacer es empezar por mirar muy de cerca.

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