Hemos vivido algo irreplicable con Stranger Things (y ni nos hemos dado cuenta)
- ESZNA
- hace 5 días
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Barcelona, Cataluña

Texto: Adriana Agudetse
Hace ya casi una década desde que Netflix estrenó una de las series más exitosas de nuestros tiempos, si no la más exitosa directamente. Casi una década desde que Will Byers desapareció bajo extrañas circunstancias, lanzando a todos los personajes de Hawkins, Indiana a un viaje tan inesperado como inolvidable donde la ciencia y la magia lograron convivir como en ningún otro sitio.
Es posible que entre rutas en bicicleta, canciones de los ochenta y monstruos horripilantes, no nos hayamos dado cuenta de lo siguiente: lo que hemos vivido con esta serie seguramente no se vuelva a repetir. Al menos, no por un buen tiempo.
Aunque una serie encabezada por Winona Ryder ya prometía, Stranger Things nos ha regalado talentos como el de Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Sadie Sink, Caleb McLaughlin y Gaten Matarazzo, entre otros. Apostando por actores novicios, descubrieron a estrellas, como por ejemplo Joe Keery, quien estaba trabajando como camarero al conseguir el papel de Steve y ahora es conocido mundialmente por su interpretación y su valioso trabajo musical como Djo.
Los actores eran tan solo niños cuando empezaron este camino hacia el Upside Down, y resulta tan nostálgico como surrealista darnos cuenta de que hemos crecido con ellos. De que con este épico final —cuyo capítulo podría considerarse una película—, el elenco no solo estaba despidiéndose de sus personajes, sino también de su infancia.

Recapitulemos un poco. ¿Cómo logra impactar de esta manera Stranger Things a toda una generación? Una generación que, en principio, nada tenía que ver con los ochenta, la radio, los walkie talkies o el juego de Dragones y Mazmorras que tanto adoran los protagonistas. Bien, hay que reconocer que a veces las tramas eran enrevesadas (por no hablar de cuando directamente, no se entendían) y nadie le dará un premio a los hermanos Duffer por sus habilidades narrativas. Dejando esto a un lado, creo firmemente que más allá del valor nostálgico, los sustos y la acción, el corazón de la serie son sus personajes. Más concretamente, los vínculos inesperados que estos han formado a lo largo de cinco temporadas.
Un claro ejemplo es la amistad entre Dustin (Gaten Matarazzo) y Steve (Joe Keery), que se ganó el cariño de todos los fans. Un niño “friki” y el chico más popular del colegio, unos años mayor que él, no debían tener nada en común. Lo mismo se podría decir de Steve y Robin (Maya Hawke), pero es que puede que esto sea lo único en que la serie se parece a la realidad. A veces, a lo largo de un verano o una simple semana, un completo desconocido puede acabar marcándote para siempre, sobre todo cuando compartís algo que —literalmente— nadie más entiende.

Está claro que algo hicieron bien los Duffer y Shawn Levy, porque aunque sí, definitivamente la serie tiene demasiados personajes, saben exactamente qué hacer para que estos resulten inolvidables. Saben cómo hacer que sus primeras y últimas palabras se queden con nosotras, de forma que nos siga doliendo recordar a Eddie, a pesar de que este solo pasara por nuestras pantallas durante nueve capítulos.
Quizá una de las cosas que más me enternece de esta última temporada es que podemos ver, prácticamente a tiempo real, cómo los personajes hacen el salto de niños a adultos, aunque a algunos ya les hubieran robado, injustamente, su infancia. En las primeras temporadas, veíamos como a Steve, Jonathan (Charlie Heaton) o Nancy (Natalia Dyer) les tocaba asumir el rol de niñeras. No obstante, en estos últimos capítulos, son Lucas, Mike y Max quienes dan un paso al frente para proteger a una nueva generación de niños con tal de devolverlos sanos y salvos a casa. Es una forma muy bonita y especial de cerrar el ciclo.

No se puede no comentar el peso que Stranger Things le ha dado a la música desde el minuto uno, cogiendo clásicos como Should I Stay or Should I Go o Master of Puppets y convirtiéndolos en verdaderos himnos, reinventando sus significados y, a su vez, redefiniendo los caminos de los personajes para siempre. Me atrevería a decir que para cualquiera que haya visto la serie, es imposible escuchar Running Up That Hill sin pensar en Max Mayfield, y aunque lleve años con Purple Rain de Prince o Heroes de Bowie, sé que ya no las escucharé de la misma forma. De cara al futuro, estaré pensando en la decisión de Jane (o Eleven) y en esos créditos finales que nos demostraron que sí, todavía nos quedaban más lágrimas.
No todo el mundo está contento con el final. Desde luego, es la definición de un final agridulce, donde no todos los personajes obtienen lo que merecen. Con todo, personalmente sí sentí que le hizo justicia a la historia en general. Se me hace raro pensar que ya no habrá más temporadas, más teorías que comentar con mis amigas año tras año.
Dejamos atrás el dolor que los villanos causaron a los habitantes de Hawkins, pero también dejamos atrás los buenos momentos y, sobre todo, un fenómeno que nos ha acompañado a muchas desde la adolescencia hasta la adultez. No sabría cómo describir el peso que eso conlleva, ni me veo capacitada para afirmar si volveremos a vivir algo que unifique tanto —traspasando edades, nacionalidades, género y más— o no. Solo sé que me siento afortunada porque, una buena noche de verano en 2016, decidí darle al play.



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