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Nouvelle Vague: la carta de amor al cine de Richard Linklater

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • 23 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 29 dic 2025

Madrid, Comunidad de Madrid

Texto: Ángela Bellón


Fotograma de Nouvelle Vague (Elastica Films)
Fotograma de Nouvelle Vague (Elastica Films)

Hay películas que no se contentan con contarte una historia: te invitan a vivir un tiempo, un lugar y una manera de pensar el cine. Nouvelle Vague, de Richard Linklater, es exactamente eso. No es para quien entra sin conocer el movimiento; es para quienes han leído los nombres de Rivette, Godard o Seberg y saben lo que significan, para quienes entienden que cada gesto frente a la cámara es parte de una revolución silenciosa que cambió el cine para siempre.


Y, al mismo tiempo, es un regalo para estudiantes de comunicación audiovisual. Ver cómo se organizaba un rodaje que rompía todas las reglas, cómo se improvisaba con talento y ambición, cómo se confiaba en la intuición por encima de los manuales, es una lección que no se aprende en las aulas. Linklater nos ofrece un viaje de principio a fin por esa escena histórica, como si pudiéramos asomarnos a la sala de edición de los Cahiers du Cinéma o acompañar a Seberg mientras intenta encontrar su lugar en un set que parece escribirse sobre la marcha.


Linklater, quien ya nos había sorprendido con Blue Moon, vuelve a mirar al pasado con una mezcla de respeto y complicidad. Hay un fuerte paralelismo entre ambas películas: el interés por lo que ocurre detrás de la cámara (o los focos), la manera en que el proceso creativo define tanto la obra como a quienes la crean, y, sobre todo, la búsqueda de autenticidad. En Nouvelle Vague, esa autenticidad se encuentra en cada detalle del set: en la improvisación de Godard, en la risa compartida, en los ensayos que parecían jugar, y en el modo en que Seberg intenta entender una película que, a ratos, parece escribirse sobre la marcha.


Porque aquí está la clave: no es un biopic, es una historia de una historia. La película nos lleva desde la preproducción hasta los veinte días de rodaje y culmina con el primer visionado del film con los colegas del Cahiers du Cinéma. Todo esto, contado con un metacine que se siente adictivo: se nos da cada paso, cada error, cada duda, cada triunfo. Es imposible no contagiarse de la emoción de quienes estaban haciendo historia sin saberlo.


Hay algo profundamente hermoso en la aparición intermitente de aquellos que forjaron la cinefilia en su forma más pura. Cuando, entre muchos otros, Agnes Varda entra en escena, su nombre se inscribe inmediatamente en el plano y se siente una pequeña victoria personal, un crossover de los que Marvel nos tiene acostumbrados. No es idolatría; es reconocimiento. Nouvelle Vague es la película de un creyente, pero no de un devoto. Son hombres y mujeres con cámaras que hicieron el cine más libre de su época y que, de algún modo, siguen inspirando nuestra forma de ver y pensar el cine hoy. La película desacraliza lo sagrado: el juego de los parecidos, las referencias, las citas, funcionan como recordatorio de que esas “deidades” eran compañeros, con talento y ambición a los que no se podía poner freno.


El filme también celebra la desobediencia, la negación a seguir lo prescrito, la ruptura del raccord y la fe en el instinto y la visión. Ver cómo Godard (Guillaume Marbeck), inseguro pero soberbio, genio y caos, dicta el ritmo del rodaje es una lección en sí misma. Cada comentario punzante, cada broma, cada improvisación se traduce en una pantalla viva, en un humor que salta más allá del blanco y negro, y que hace reír incluso a quien solo mira desde fuera del set. Jean Seberg (Zoey Deutch), atraída por esa libertad y carcomida por el desconcierto de rodar sin guion, encarna la tensión entre deseo y disciplina que atraviesa toda la Nouvelle Vague.


La película se presenta en un blanco y negro en formato 4:3 que respira autenticidad sin caer en el fetichismo. El detalle granulado de la imagen, el efecto del negativo, las imperfecciones del celuloide, nos transportan al pasado de manera física, casi táctil. Es un ritmo que no se impone, que se siente natural, y que acompaña la sensación de estar frente a una película más de aquel tiempo. Y sí, Godard se muestra con todas sus aristas: ágil, incisivo, brillante y, a veces, caótico, recordándonos que incluso los genios dudan, improvisan y se equivocan.

Fotografía en el set de Nouvelle Vague (Elastica films)
Fotografía en el set de Nouvelle Vague (Elastica films)

Nouvelle Vague es también un golpe de atención para la industria actual. En un mundo donde se habla de “grabar”, estos cineastas hablaban de “FILMAR”. La película reivindica el milagro de hacer cine por puro deseo creativo, una urgencia que no depende de taquilla, premios o algoritmos de streaming. Es un input, quizás, para la nueva generación de directores: se puede plantar cara al sistema, romper reglas y crear algo auténtico.

Ver a Godard imprimiendo su estilo desenfadado al equipo, viendo cómo Seberg intenta seguirle el ritmo, cómo los demás compañeros se lanzan a una aventura colectiva, es un recordatorio de que la cinefilia también es diversión, amistad y riesgo compartido. Es, en definitiva, una carta de amor al cine que, al mismo tiempo, se convierte en un pequeño golpe sobre la mesa: recordar que lo más importante siempre será la necesidad de crear y experimentar, no la certificación comercial.


Al final, Nouvelle Vague puede sentirse como un café para cafeteros, pero también tiene un atractivo más general. Cuenta la aventura de un rebelde que persigue su sueño junto a un grupo de amigos y colaboradores que dan un salto de fe gigante por él. Hay cine, historia, humor, amor por la creación y una lección de libertad que atraviesa generaciones. Y cuando la película termina, uno no puede evitar pensar que, efectivamente, hemos visto historia del cine en movimiento, un filme que se siente ver como pintaron la Mona Lisa. 

En suma, Nouvelle Vague no es solo una película; es un manifiesto, un recordatorio, un viaje y un regalo. Para quienes aman el cine, es imposible salir del cine sin sentir que algo cambió, que algo se ha recuperado, aunque sea un instante. Porque, al final, eso es lo que Linklater nos entrega: la certeza de que el cine es libertad, riesgo y celebración compartida, y que, a veces, mirar al pasado puede ser la forma más radical de mirar hacia adelante.

Cartel de Nouvelle Vague (Elastica Films)
Cartel de Nouvelle Vague (Elastica Films)

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