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Alpha: Ducournau transforma el estigma en melodrama corporal

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • 21 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Madrid, Comunidad de Madrid

Fotograma Alpha (Caramel films)
Fotograma Alpha (Caramel films)

Texto: Ángela Bellón


Con Alpha, Julia Ducournau confirma que su filmografía avanza hacia territorios cada vez más íntimos sin renunciar a la fisicidad extrema que ha marcado su estilo. Esta nueva entrega, más humanista y más melodramática que sus obras anteriores, vuelve a situar el cuerpo como campo de batalla simbólico, pero lo hace desde un prisma donde la relación entre madre (Golshifteh Farahani) e hija (Mélissa Boros) termina revelándose como el verdadero corazón de la película. Todo lo demás —el misterio, la imaginería industrial futurista, las alegorías víricas— funciona como un eco del dolor que atraviesa ese vínculo.


La secuencia inicial es paradigmática. Mini Alpha, la niña protagonista, repasa torpemente las marcas que las agujas han dejado en la piel de su tío Amin (Tahar Rahim) con un rotulador, como si intentara mantener viva una identidad que otros ya han decidido por él. Acto seguido, una escena de tatuaje —sangre espesa, agujas que perforan, respiración contenida— impone un ritual casi sacrificial. Son dos imágenes de enorme potencia que Ducournau utiliza para perfilar los tiempos históricos sobre los que pivota Alpha: principios de los 80 y los 90, décadas marcadas por la irrupción del VIH y la lenta asimilación de sus consecuencias: el terror y el estigma que le vino después La película no menciona nunca el VIH, pero tampoco le hace falta; sus sombras envuelven cada gesto, cada mirada, cada silencio.


Fotograma Alpha (Caramel films)
Fotograma Alpha (Caramel films)

La directora fusiona pasado y presente en una estética que alterna lo industrial con una imaginería casi clásica. Y es que, en este caso, esta enfermedad letal que se contagia a través de la sangre se representa a través de la petrificación de aquellos que portan el virus. Así es que las figuras de mármol que aparecen intermitentemente, cuerpos petrificados en sufrimiento o éxtasis, refuerzan la noción de una humanidad inmovilizada por el miedo. Ese petrificamiento sirve como metáfora del estigma, de la persecución social y médica hacia los cuerpos marcados por un virus que, en el imaginario colectivo, convertía a las personas en “otra cosa”.


Alpha sugiere, más que narra, el modo en que la enfermedad y la pérdida atraviesan generaciones. Ducournau explora la adicción, el duelo y las heridas que nunca terminan de cerrarse. La epidemia que representa no es sólo biológica; es una pandemia del miedo, de la desinformación, del rechazo. El tatuaje que oprime a la protagonista se convierte en el símbolo perfecto del cuestionamiento del entorno, de la violencia social ejercida bajo la apariencia de miedo y preocupación.


Como ya ocurriera en Titane, lo onírico juega un papel fundamental. El sueño dentro del sueño altera la percepción de los personajes y del espectador, desdibujando continuamente qué es vivencia, qué es alucinación y qué es trauma. Ese mundo que presiona hasta quitar el aire, que asfixia de forma literal y metafórica, impulsa a la madre protagonista a una doble lucha imposible: proteger a su hija mientras como médico de su comunidad, intenta plantarle cara a esta enfermedad que destroza hogares, empezando por el suyo. Es en esa tensión donde aflora la dimensión más desgarradora y luminosa de Alpha.


Fotograma Alpha (Caramel films)
Fotograma Alpha (Caramel films)

Y esta dicotomía solo parece agravarse con la llegada de Amin. Su aparición —marcada por años de consumo— irrumpe como un recordatorio incómodo de todo aquello que la familia intenta dejar atrás. Su presencia reabre heridas antiguas y vuelve a colocar la adicción en el centro del hogar. Rahim, que adoptó una transformación física sorprendente para interpretar al personaje —llegando a perder más de 20 kilos—, encarna a un hombre desgastado por una larga enfermedad, capaz de reconocer en su sobrina una experiencia dolorosamente cercana. Ambos arrastran cicatrices forjadas por la dependencia y la adversidad. Esta conexión, frágil pero intensa, se convierte en uno de los ejes emocionales más sólidos de la película, un espacio donde se entrelazan la melancolía, la identidad y el peso del pasado. Las interacciones entre Boros, Rahim y Farahani impulsan el filme y lo dota de una profundidad dramática excepcional.


Al final, lo vírico se presenta menos como amenaza externa que como estado emocional: una forma de terror encarnado en el cuerpo, capaz de romper familias, modificar identidades y obligar a reinventar afectos. Ducournau no busca ofrecer certezas; más bien abraza la deliberada imprecisión de las vivencias de sus personajes, invitando al espectador no sólo a interpretar, sino —como sugeriría Susan Sontag— a sobreinterpretar. Cada escena, cada imagen estilizada, es una puerta abierta hacia el misterio y la alegoría.

Alpha no es ningún delirio: es una película importante, el trabajo de una cineasta que no deja de buscar nuevas formas para pensar y representar el cuerpo. Y, al final, todo —lo vírico, lo futurista, lo industrial, lo simbólico— es una excusa para explorar en profundidad las relaciones familiares y el modo en que el amor intenta sobrevivir, incluso cuando el mundo alrededor se está petrificando.


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