Desde el otro lado del espejo: cuando los actores toman la silla del director
- ESZNA
- hace 16 minutos
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Madrid, Comunidad de Madrid
Texto: Ángela Bellón

Hay un interés latente que recorre la industria audiovisual desde hace décadas, pero que hoy parece manifestarse con más fuerza que nunca: el de los actores y actrices que deciden cruzar el espejo y ponerse detrás de la cámara. No es una moda pasajera ni un simple capricho de estrellas consagradas; es, más bien, la consecuencia lógica de una democratización del arte y de los procesos creativos, donde las fronteras entre oficios son cada vez más porosas.
Esto es algo que lleva pasando históricamente (quizás Charles Chaplin haya sido the blueprint), pero ahora, quizás más que nunca, cada vez más intérpretes se atreven a dar el salto. El acceso a herramientas, a formación y a espacios de exhibición ha facilitado que esa inquietud, antes relegada a unos pocos nombres privilegiados, encuentre hoy un cauce más amplio. Dirigir ya no es un territorio sagrado e inaccesible: es un lugar al que se llega, muchas veces, por pura necesidad expresiva.
Los actores que dirigen suelen hacerlo con una ventaja clara: tienen más paciencia y más armas para ofrecer al equipo. Han estado ahí. Han sentido el vértigo de no encontrar el tono, la inseguridad ante una indicación poco clara o el cansancio de una jornada interminable. “Tú también lo has pasado”, parece decir su mirada cómplice. De ahí que muchos de ellos crean profundamente en la sala de ensayo, en ese espacio que algunos definen como la sala del error, el lugar donde nace todo y donde equivocarse no solo está permitido, sino que es necesario.
Cuando pensamos en esta dualidad, los primeros nombres que suelen venirnos a la cabeza son masculinos: Clint Eastwood, Mel Gibson, Sylvester Stallone. Figuras que consolidaron una carrera delante de la cámara antes de hacerlo detrás, y que durante años monopolizaron el imaginario del actor-director. Sin embargo, ser un actor o una actriz famoso, a pesar de lo que podría parecer de entrada, no es garantía de nada. Quizás sea más fácil empezar, levantar el teléfono y decir “quiero hacer esta película”. Pero el éxito no está asegurado.

De hecho, muchos parten desde un lugar ligeramente prejuicioso, bajo la sospecha de que su salto responde más al ego que a una verdadera pulsión creativa. Aquí entra en juego la idea, a menudo incómoda, de la meritocracia: tener un nombre reconocido puede abrir la puerta, pero no sostiene una película ni construye una mirada. El mérito real, el que permanece, no se hereda de la fama ni se compra con visibilidad; se demuestra en el trabajo, en las decisiones, en la capacidad de escuchar y de sostener un proyecto más allá del privilegio inicial.
Y, sin embargo, para un intérprete vivirlo tan de cerca solo lo hace más deseoso. Haberlo vivido en tus propias carnes te da una práctica que seguramente ninguna escuela de cine puede ofrecer. La experiencia acumulada en los rodajes, la observación constante de otros directores, el aprendizaje silencioso en cada plano y cada toma acaban sedimentando en una mirada propia.
En España, este fenómeno también se hace cada vez más visible. Marta Nieto y Paz Vega son algunos de los casos más recientes y resonados, ejemplos de intérpretes que han decidido tomar la palabra desde otro lugar. Daniel Ibáñez, por su parte, ha dado el salto a la dirección este mismo año con un cortometraje protagonizado por Zoe Bonafonte y Eva Rubio, confirmando que esta inquietud no distingue edades ni trayectorias largas o cortas.

A nivel internacional, la lista se amplía: Zoë Kravitz, Drew Barrymore, Bradley Cooper… Actores que han llegado, incluso, a diluir su imagen como intérpretes para que su representación en nuestro imaginario sea práctica y casi exclusivamente como directores. Casos paradigmáticos como Greta Gerwig o Sofia Coppola demuestran que no solo se puede transitar entre ambos mundos, sino también reinventarse por completo en el camino.

Si antes evocábamos casi exclusivamente nombres masculinos, hoy la balanza parece mucho más equilibrada. Y eso no es casual. Responde a un momento histórico en el que más mujeres acceden a espacios de poder creativo y se sienten legitimadas para contar sus propias historias sin intermediarios.
Mirando hacia el futuro, aparecen nuevos nombres y deseos. Ester Expósito, por ejemplo, ha declarado que le encantaría dirigir, que tiene muchas cosas que contar. De momento, se está formando. Y ese detalle no es menor: porque detrás de cada actor que cruza el espejo no hay solo ambición, sino también un proceso de aprendizaje, de escucha y de respeto por un oficio que, visto desde dentro, resulta imposible no querer habitar en toda su complejidad.



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