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"Siempre es invierno": la melancolía luminosa de Trueba

  • Foto del escritor: ESZNA
    ESZNA
  • 12 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Madrid, Comunidad de Madrid


Fotograma de Siempre es invierno (BTeam Pictures)
Fotograma de Siempre es invierno (BTeam Pictures)

Texto: Ángela Bellón


Hay películas que no necesitan grandes gestos para hablar del dolor, y Siempre es invierno es una de ellas. Basada en la novela homónima de David Trueba, la cinta se despliega como un viaje íntimo hacia la sanación después de una ruptura dolorosa. La historia transcurre en Lieja, Bélgica, una ciudad que se convierte en metáfora visual de un estado del alma: fría, distante y, sin embargo, capaz de albergar un tímido rayo de luz.


David Verdaguer encarna a Miguel, un arquitecto frustrado y desamparado, un hombre que ha perdido el rumbo profesional y emocional y que deambula por un país desconocido intentando reconocerse en su propio reflejo. Verdaguer pone cuerpo y alma en una interpretación contenida y honesta, mostrando todas las aristas de un personaje que se enfrenta al desarraigo y a la soledad como si fueran nuevos materiales de construcción. En un país donde el frío exterior es tan persistente como el que él arrastra en los huesos, el actor catalán nos recuerda que la tristeza también tiene textura y peso.


La mirada de Trueba oscila entre la ternura y la distancia, como el propio paisaje que enmarca la historia. Por momentos parece abrazar a su protagonista; en otros, lo observa con la misma frialdad con la que la nieve cubre los tejados de Lieja. Esa dualidad convierte Siempre es invierno en una obra profundamente humana: sensible, pero nunca sentimental.

A través del personaje de Isabelle Renauld, la película introduce con sutileza el tema del edadismo, mostrando cómo el paso del tiempo redefine la manera en que la sociedad valora —o descarta— a las personas. Renauld aporta una serenidad magnética, una presencia que equilibra la desorientación del protagonista con una madurez que rehúye el cliché. En sus conversaciones, el film sugiere que, a veces, la verdadera juventud reside en la capacidad de volver a empezar.


Fotograma de Siempre es invierno (BTeam Pictures)
Fotograma de Siempre es invierno (BTeam Pictures)

El mundo que habitan estos personajes es hostil, sí, pero Trueba insiste en la importancia de saber refugiarse: de encontrar consuelo en la gente adecuada, incluso en lugares donde el idioma, las costumbres o el clima parecen conspirar en contra. La barrera lingüística —tan bien retratada en la película— no impide la conexión, sino que la redefine. Entre frases torpes, gestos y silencios, los personajes descubren que la comunicación más profunda no necesita traducción.


Visualmente, la película es un poema de tonalidades frías. La fotografía, de paleta azulada y gris, refuerza la sensación de un invierno que parece no terminar nunca. Es una elección estética intencionada: mientras “en todas partes es primavera”, el mundo interior del protagonista sigue atrapado en el hielo. Solo poco a poco, con la aparición de una nueva conexión —no necesariamente amorosa, pero sí humana—, empiezan a filtrarse matices cálidos, como si la luz quisiera volver a entrar en escena.



La música funciona como un hilo conductor emocional que acompaña el viaje interior de Miguel. Los temas de Georges Brassens y Franco Battiato actúan como faros en medio del deshielo, punteando los momentos de introspección y de reencuentro con una belleza melancólica. Trueba utiliza las canciones no como mero adorno sonoro, sino como parte esencial del relato: una banda sonora que respira junto al personaje y lo guía, casi en silencio, hacia la posibilidad del cambio.


Desde la fragilidad del desengaño hasta el resplandor emergente de una nueva esperanza, Siempre es invierno se convierte en un delicado ejercicio de reconstrucción emocional. Trueba no ofrece redenciones fáciles ni giros dramáticos; apuesta, en cambio, por la observación y el ritmo pausado, por el temblor silencioso que precede al deshielo. Siempre es invierno no ofrece un final al uso ni una moraleja tranquilizadora. Trueba prefiere dejar abiertas las preguntas que laten bajo la superficie: ¿se puede encontrar el amor después del dolor? ¿Es posible volver a confiar cuando el corazón aún tiembla de frío? La película no responde, pero deja la sensación de que, al final de la cinta, la nieve empieza a derretirse.

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